Tres motivos por los que la soledad te genera angustia

El Coronavirus va a desatar más de una crisis. Crisis sanitaria, crisis económica… y crisis social.

Sí, porque nos está obligando a replantearnos muchas cosas. Nos está obligando a tomar perspectiva de nuestro tiempo, nuestro trabajo, nuestras relaciones con los demás, nuestra relación con nosotras mismas… Esta crisis nos ha obligado a parar, a respirar, y a pensar.

Con los años muchas hemos aprendido a poner tiritas, a evadirnos del ruido, a mitigar ese conflicto interno con multitud de actividades, con una vida social desbordante, con obligaciones autoimpuestas con el único fin de mirar hacia otro lado y no hacia dentro de nosotras.

Trabajo duro de lunes a viernes, salgo temprano por la mañana y regreso por la tarde, a última hora, agotada. Tengo que preparar la comida de mañana, darme una ducha, cenar algo que calme mi ansiedad y ponerme rápido una serie que me ayude a distraerme. Mientras hago todo eso, además, no dejaré de hacer scroll en Instagram y de hablar simultáneamente en grupos de Whatsapp comentando las últimas estupideces de la tele o de las influencers. Se acerca el finde, tengo que organizar los planes. No vale quedarme en casa con el pijama, ¡qué horror! Voy a buscar los bares más cool en algún blog de Madrid, buscaré también cafeterías healthy para subir a las RRSS, afterwork, brunch… Necesitaré algo mono que ponerme. Por la mañana iré al centro, a ver algunas tiendas. No debería gastar tanto dinero… ¿pero para qué trabajo si no? Madre mía… domingo después del brunch y el tardeo con las chicas, estoy destrozada y aún tengo que recoger un poco la casa y preparar los tupers… Bueno, lo hago rápido y me pongo a ver la serie. Puf, mañana lunes…

Y así una semana, tras otra, tras otra.

¿Qué pasaría si tuvieses que abandonar todas esas estrategias? ¿Qué pasaría si, como ahora, tuvieses la obligación de quedarte en casa? ¿Si ya no pudieras ocupar tu tiempo y tu espacio mental con personas, con planes, con compras, con ocio…? Tendrías que sentarte a reencontrarte contigo misma. ¿Por qué te da tanto miedo?

Cuando se apaga el ruido de tu alrededor… ¿Qué pasa? ¿Qué oyes?

Quizá te abruma la incertidumbre que habita en tu interior, quizá te invaden preocupaciones, quizá tu pasado, presente o futuro te ahogan.

El peso del pasado. La culpa.

Los errores cometidos a veces nos acechan látigo en mano. El mandato social actual que nos impone un perfeccionismo ilusorio en ocasiones, promueve la culpa como forma de “autocontrol responsable”. Sentirte culpable te hace ser una buena persona.

Pero la dinámica de la culpa nos lleva a una paradoja involutiva, tan inútil como peligrosa: si has hecho algo supuestamente inadecuado, para sentirte una buena persona debes sentirte mal y mala. Es decir, para sentirte bien contigo misma, ser socialmente aceptada y mantenerte en los cánones que definen la excelencia y la perfección moral, no basta con asumir tu responsabilidad, el dardo debe llegar al corazón del “yo” y destriparlo.

Cuando el sentimiento de culpa se magnifica y se convierte en un instrumento de autodestrucción, es insoportable. Y, si en lugar de enfrentarte a ello y asumir una responsabilidad reparadora, optas por el autocastigo y caes en creencias desadaptativas acerca de la utilidad de la culpa, te estancarás en las arenas movedizas de una memoria negativa que hace estragos, víctima de la culpa, sin poder ni saber olvidar y avanzar. Si no eres capaz de perdonarte por lo que hiciste o lo que no hiciste, tomar la culpa demasiado a pecho no te dejará más salida que el castigo.

Y por eso huyes de ti y de la soledad.

La presión del presente. Ser feliz a toda costa.

La sociedad actual parece girar alrededor de la “antitristeza”, una especie de fobia o baja tolerancia a sentirnos mal o regular, como si estos bajones naturales le quitaran sentido a la existencia. Prohibido estar triste, aunque sea de vez en cuando y aunque los motivos lo acrediten.

Creemos que las personas exitosas y especiales viven de espaldas a lo negativo. En otras palabras: felicidad igual a perfección psicológica. Pero abre los ojos, no existe la euforia perpetua, sino que cierto nivel de tristeza es inevitable e incluso útil para nuestro crecimiento personal.

El culto actual al placer ha creado una baja tolerancia a la incomodidad, que genera un profundo rechazo al malestar natural y normal que inevitablemente acompaña a veces la lucha por la supervivencia. Creer que si estás triste o no estás superfeliz, estás “fuera”, te hace pensar que no podrás participar en la ola de efervescencia y alegría sostenida que define a las personas realizadas y satisfechas, a esas en las que ves todos los días en la pantalla a través de las redes sociales. El impacto de estas creencias extremas e inalcanzables (“debes ser feliz todo el tiempo” y “nunca deberías estar triste”) crea una especie de tormenta perfecta nociva, que te lleva irremediablemente a la frustración.

Para vivir intensamente, no basta con drogarte con grandes cantidades de alegría, sea cual sea su procedencia: química, espiritual, tecnológica, consumista, ociosa… requieres también una cierta dosis de tristeza que de tanto en tanto te despierte, para que tu organismo logre adaptarse al medio y funcionar eficientemente. Negarla y prohibirla, además de estúpido, puede ser dañino para tu salud.

¿Por qué tanto miedo a sentirte mal? ¿De qué intentas huir?

Aprovecha este momento para profundizar sobre aquello que te hace feliz, pero también sobre aquello que te entristece, te incomoda, te perturba o te confunde. Deja de ignorarte.

El exceso de futuro. La preocupación.

La preocupación se define como “la idea persistente e intrusiva de que las probabilidades de una amenaza futura son muy altas, y que los recursos con los que se cuenta para hacerle frente no son suficientes o son infructuosos”. Preocuparse tiene un objetivo fundamental: buscar la solución a un problema anticipado difícil de resolver.

Es posible que la incertidumbre del futuro haya plantado su semilla en ti, y esté floreciendo en forma de preocupación excesiva. Y es que realmente no se nos educa para habitar la incertidumbre, cuando hay que hacerlo. Tenemos que aceptar que tal y como está planteado, el programa de aprendizaje social enseña que el “fenómeno de espera” a veces es más intolerable que el evento negativo en sí. La baja tolerancia a la incertidumbre ha creado en nuestra sociedad occidental una nueva aspiración: la necesidad de control. Ante el futuro incierto, creamos un “esquema interventor” para fiscalizarlo y regularlo todo y bajar la ansiedad que nos produce lo aleatorio.

¿Esperar al viernes o al sábado para saber si surge algo interesante que hacer? Ni de broma. ¿Y si nadie me llama? ¿Y si lo que me proponen no me apetece? ¿Y si al final me quedo en casa y me aburro?

Pero, ¿qué hay detrás de semejante actitud? La búsqueda de la certeza y la seguridad, sobre todo de esta última. Cualquier dilema, ambigüedad, doble sentido o vaguedad puede generar en ti adrenalina en grandes proporciones. Tu peor enemigo es lo desconocido.

Querida amiga, si este es tu caso, siento decirte que el Covid-19 va a ser tu mejor medicina. No desaproveches esta oportunidad de indagar por qué necesitas sentir el control de las situaciones, qué te empuja a querer tener siempre las riendas en tus manos, por qué no eres capaz de dejarte llevar.

Cualquiera de estos tres puntos puede estar provocando que tu incomodidad estos días vaya en aumento. Estás obligada a enfrentarte a ello porque no tienes más opciones que quedarte en casa con tus pensamientos.

Pero, respira, no es tan malo. De las crisis siempre salimos fortalecidas si sabemos aprovecharlas.

Para ello quiero ofrecerte mi ayuda. Durante estas dos semanas, hasta que finalice el mes de Marzo, te ofrezco la posibilidad de acompañarte de alguna forma o ayudarte a resolver tus dudas y conflictos. Escríbeme (pinchando aquí). He decidido aportar mi granito de arena y ofrecer una sesión de videollamada al 50% del precio habitual. Y si no te sientes cómoda frente a la cámara, tranquila. También puedes consultarme a través de correo electrónico, también a la mitad de precio.

Si tienes dudas o quieres aprovechar este momento de crisis y soledad, contacta conmigo y te cuento los detalles. No estás sola.

info@anacruzpsicologia.es

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Ana Cruz

Psicóloga Sexóloga

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