Cómo la Psicología me ayudó a crecer: mis 4 aprendizajes más valiosos

Este es un post especial, porque hoy es un día especial.

Hoy, 24 de Febrero, se celebra el día de la Psicología, y como psicóloga que soy, no podía dejarlo pasar sin más.

Así que hoy quiero que me conozcas un poco más, fuera de los datos más convencionales que puedes encontrar en la pestaña “Sobre mí” de esta misma web, que sepas cómo la Psicología me ayudó a mí, y cómo puede ayudarte a ti en tu proceso de crecimiento sexo-afectivo.

No tengo claro cuándo comenzó a apasionarme la psicología. Creo que fue incluso antes de empezar el instituto. Ni siquiera recuerdo haber nombrado otras profesiones a las que quisiera dedicarme (sin contar, obviamente, mis profesiones frustradas de la niñez como bailarina o barrendera. Sí, barrendera, has leído bien). Siempre psicóloga, siempre lo supe. Ni siquiera cuando mi padre (muy sabio él, realmente) me decía: “Anita, tú tienes que ser jueza, hazme caso”. Mentiría si te dijera que no me parece una profesión admirable, pero no es para mí.

Durante el instituto la idea de ser psicóloga (ojo, siempre diré que soy psicóloga, no que trabajo como… sí, ¡porque la psicología me recorre la piel desde que me levanto hasta que me acuesto!) y recuerdo el momento en el que le rogué a mi madre que me comprase el libro de Eduardo Punset “El alma está en el cerebro”. Con 15 años no entendí ni una palabra de ese libro, creo que ni pude terminarlo porque era como otro idioma para mí. Pero la sensación de satisfacción al tenerlo y leerlo (o intentarlo), no la olvidaré fácilmente.

En 1º de Bachillerato cursé la asignatura optativa de Psicología. La profesora era un poco manta, pero eso no me hizo tirar la toalla. Tanto fue así que, tras hacer la selectividad, únicamente solicité la carrera de Psicología en Granada. Nada más, sin plan B. He de reconocer que soy una persona de ideas fijas y que se me lleva viendo el plumero desde hace años. Cuando algo se coloca entre ceja y ceja, difícil es que yo cambie de opinión.

Y mis 5 años de universidad volaron, como las vitaminas en un zumo de naranja, o como la zapatilla de una madre cabreada. Falté algo a clase, debo reconocerlo (pero tranquilas, sólo a clases relacionadas con Recursos Humanos y cosas así… no temáis), pero disfruté de esos años de aprendizaje de una forma intensa y sin arrepentirme ni por un minuto de mi decisión (bueno… salvo cuando tuve que presentarme 6 veces a Fundamentos de Psicobiología).

Esta profesión es dura. Más bien, la forma en la que se concibe y se gestiona esta profesión en este país la hace dura. Pero maravillosa.

Claro, entiendo que después de estas parrafadas autobiográficas te estés preguntando… ¿pero Ana, va, en qué te ayudó la psicología? ¿Resolviste un trauma de tu infancia? ¿Aprendiste a gestionar tus relaciones de forma sana y madura? ¿Lograste una gestión de tus emociones admirable?

Eh… no (sorrynotsorry).

Te voy a contar en lo que, realmente, me ha ayudado a mí la Psicología:

Focalizarme en mis objetivos.

Como os contaba antes, el camino hacia el bienestar profesional en Psicología es muy complicado.

“Pues como en todas las profesiones”, diréis. Pues no. En esta más, creedme. Pero mi pasión por esta profesión me ha ayudado a mantener viva esa llama. Porque desde que me licencié no he dejado de tener la sensación de que todavía tiene cosas que aportarme, que todavía quiero aprender más. Por eso cursé el máster en Sexología Clínica y Terapia de Pareja. Por eso no dejo de leer, de formarme, de investigar, de crear.

Porque la Psicología para mí es como ese amante que logra mantener tu deseo activo siempre, que siempre tiene novedades y juegos nuevos para activarte, a pesar de lo cansada que estés del día a día.

Gracias a esto, he logrado mantenerme focalizada en mi objetivo de trabajar por y para mí, y para vosotrxs, claro. Con ganas, con ilusión, con esa chispa que te empuja a querer ser mejor para poder dar lo mejor a quienes confían en ti.

Ser paciente.

A tener paciencia, vaya. Sí, y esto me lo ha enseñado la Psicología de forma indirecta. Porque chicas, seamos realistas, hay que comer (y tragar, a veces). Y para eso he tenido que trabajar en multitud de puestos en los que no me sentía realizada, que me generaban ansiedad, que hacían que saliese de casa con ganas de llorar y volviese aún peor.

Pero a base de experiencias comprendí que las cosas no siempre ocurren cuando queremos, y que tolerar la frustración y el estrés sin perder el foco es una virtud complicada de desarrollar, pero muy poderosa.

Empatizar, profundizar, no juzgar.

“Eso es intrínseco a un psicólogo, ¿no?” os preguntaréis. Pues no lo sé, no los conozco a todos… aunque así debería ser.

Lo que sí os puedo asegurar que, aunque sea una cualidad más o menos innata en mi personalidad, gracias a la Psicología he conseguido desarrollarla de forma exponencial. Como decimos mi mejor amiga y yo: “No juzgamos. Somos seres evolucionados”. Porque aprender a valorar los hechos o analizarlos sin juzgar no es una tarea fácil, os lo aseguro. En consulta resulta mucho más sencillo, pero cuando se trata de personas de tu entorno o de tu vida personal… como seres humanos que somos, las pasiones en ocasiones nos arrastran a la irracionalidad. Lograr el equilibrio y mantener una visión templada de las cosas que me suceden, es algo que nunca hubiese logrado si no fuera psicóloga.

Ser valiente.

Así como la paciencia nunca ha sido mi fuerte, puede que la valentía si lo sea (realmente no lo sé). Pero te aseguro que la Psicología me ha dado la mano en muchos momentos de miedo, y me ha hecho crecer tanto profesional como personalmente.

No temer a los cambios, no temer al qué dirán, no temer a dejarme fluir, a explorar mis propias emociones y actuar con todas las consecuencias, a asumir riesgos, a ser más clara y contundente… Ser valiente conlleva muchísimos matices que aprendes gracias a las experiencias que la Psicología te proporciona.

Pero, lo mejor que ha traído la Psicología, sin duda, son personas.

Personas como vosotras, que me leéis, que me escucháis, que me consultáis, que depositáis vuestra confianza en mí, que os dejáis guiar, que me hacéis crecer, que, sin saberlo, me motiváis a seguir caminando y batallando.

Así que, gracias a la Psicología y gracias a vosotras.

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Ana Cruz

Psicóloga Sexóloga

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