Aprender a amar sin poseer

¿Te has oído alguna vez, estando en la cúspide del amor, diciéndole a tu amado: “Hazme tuya para siempre”, “Tómame”, “Eres mía”… y expresiones por el estilo?

Si la respuesta es sí, tengo una mala noticia.

No estás pidiendo ser amada, lo que pretendes es ser colonizada, secuestrada (metafóricamente hablando) o que “te posean”. Y es aquí donde debes tomar en cuenta las dos posibilidades ante las que nos encontramos: la fase de enamoramiento te ha nublado temporalmente, o tiendes a relacionarte desde la dependencia.

Las personas dependientes emocionalmente buscan desaparecer en el otro, incorporarlo o deglutirlo y viceversa. Si nos “pertenecemos” mutuamente, la cosificación es doble y el efecto rebote también: “¿Te duele la muela, mi amor?, vamos a tomarnos un calmante, va”.

Estar comprometidos sanamente es asumir que vamos juntos por la vida dejando claro quién es quién pese al romanticismo. Nadie posee a nadie. De ser así, cada separación sería similar a un exorcismo.

Amar no es poseer, amar es respetar la libertad del otro hasta las últimas consecuencias.

Si te identificas por completo con la persona a la que amas, estás poniendo en sus manos el sentido de tu vida. Puedes amar a tus hijas, por ejemplo, y éstas pueden alegrar tu existencia, por supuesto, pero no existes por ellas. Puedes amar tu profesión o tu religión, pero eres más que eso. Debes aprender a amar sin despersonalizarte, siendo libre en cada acto, ése es tu reto.

“Te amo, pero podría vivir sin ti” (aunque la otra persona espere que te claves un puñal en su honor).

El sentido de la posesión te debilita.

La posesión no sólo te quita tiempo y energía al tener que cuidar permanentemente el objeto o sujeto al que te has apegado, también te hace emocionalmente más frágil a los ataques externos. La relación posesiva o la fusión, con alguien, va a tener en tu vida una consecuencia dolorosa inevitable: lo que le pase a él (o a ella) se reflejará en tu persona. Hasta los delirios más inimaginables pueden ser lógicos: si has incorporado emocionalmente a alguien a tu ser, pasará a ser parte de tu persona; por lo tanto, si la agreden, destruirán una parte de ti, y si la alaban, exaltarán tu ego.

Estas prolongaciones emocionales te exponen innecesariamente a las embestidas del medio y te hacen más vulnerable.

Es hora de que hagas tu propia declaración de autonomía afectiva.

Lara, no hace mucho, escribía lo siguiente:

Lo siento, pero tú no eres mi felicidad. No, no lo eres y por eso me libero. Me niego a poner mi vida emocional en tus manos. Si tú fueras mi felicidad, tu ausencia sería mi fin y viviría constantemente en el filo de la navaja. No quiero intentar “adueñarme” de ti, no va conmigo, no me interesa. Mi bienestar y mi crecimiento personal dependen solo de mí; lo demás ayuda, claro, pero el proceso interior que va formando mi auténtico ser no vendrá de fuera, no será prestado. Es cuestión de principios. No sólo quiero mejorar, quiero hacerlo de forma que me haga sentir orgullosa.

Quiero respirar por mí misma, andar sin muletas, ser como soy. No quiero pertenecerte a ti ni quiero que me pertenezcas. Caminemos juntos, si queremos, pero no seamos “el uno para el otro”, por favor. El bienestar psicológico al que aspiro requiere de un compromiso personal e intransferible. No estoy en venta, y espero que tú tampoco lo estés. Tú no defines mi existencia ni yo la tuya; de ser así, no podríamos vivir el uno sin el otro. Tú no eres mi felicidad, afortunadamente, ni yo soy tu dueña. La mejor relación que podemos tener es no pertenecernos. El que no posee al otro lo respeta, y eso es felicidad, eso es bienestar.

Lara escribió eso tras una larga cadena de relaciones basadas en la dependencia emocional. Ahora, aprendiendo a disfrutar de su soledad, escribía, liberada a una futura pareja.

Si leyendo la carta de Lara has sentido cierta envidia, y deseas experimentar la misma sensación de liberación, puedes hacerlo. Es complicado, lo sé. Las cadenas de la dependencia pesan bastante, pero no son eternas.

Puedes encontrar la forma de disfrutar de ti misma, de tu soledad, y de tus relaciones, sin el peso del miedo y la dependencia. Te diré cómo y te ayudaré en el camino. Escríbeme.

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Ana Cruz

Psicóloga Sexóloga

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